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jueves, 14 de febrero de 2013

LA BOULAT

Aunque yo no soy muy de San Valentín, me dejo arrastrar por la fecha y os traigo aquí este relato de mi pareja, un relato que es un homenaje a la reportera gráfica Alexandra Boulat y que obtuvo el 2º Premio en el VII Certamen de Declaraciones de Amor "Dime que me quieres" 2008, organizado por el Ayuntamiento de Málaga.



LA BOULAT



Málaga, 5 de octubre de 2007

Estimado Morenatti:
   Al recibir ayer el correo con la noticia de la muerte de Alexandra me sentí noqueado. Fue un gancho directo a la boca del estómago, donde se me ha instalado un dolor inmenso. Gracias por comunicármelo con tanta celeridad y por haberme tenido al corriente durante el tiempo que estuvo en coma. También por la foto que me envías.






   Observo su cuerpo menudo junto a la mole metálica, cuyo cañón me apunta directamente, y me fijo en sus manos y en la cámara que sostienen. La sonrisa que ilumina su rostro es la misma que me brindó hace poco más de dos años en la Ciudad de la Luz, mientras cubríamos las revueltas de los suburbios, las banlieues en las que se hacinan los jóvenes inmigrantes.
   Nos habíamos conocido esa misma mañana, en un café cercano al suburbio de Seine-Saint-Denis. Yo estaba pintarrajeando una de mis moleskines cuando la saludó el redactor que me acompañaba. Recuerdo que entonces se sentó en nuestra mesa y que, después de presentarnos, me pidió ver los dibujos del cuaderno. Yo miré detenidamente su cuerpo delgado, sus manos finas de dedos largos, su rostro anguloso en el que destacaba su sonrisa, blanca y cautivadora, y esos ojos acostumbrados a la observación de las cosas y de los hombres, que reflejaban bondad e inteligencia. Me dijo que los dibujos le gustaban mucho y me confesó que a ella también se le daba bien dibujar, que de pequeña siempre había soñado con ser pintora y que no descartaba hacerlo en el tercer acto de su vida, cuando se retirase a la campiña.
   Volví a encontrarla aquella misma tarde. Es la memoria la que me devuelve ahora a ese escenario: ambos con un ojo pegado al visor, moviéndonos entre la gendarmerie y los manifestantes, corriendo de un lado a otro entre el sonido de las sirenas y de los cristales rotos. Cuando nos arrimábamos a los policías, nos llovían las piedras, y los cócteles molotov pasaban por encima de nuestras cabezas; y cuando cambiábamos de bando teníamos que esquivar las bolas de goma de los antidisturbios. Entonces ella dijo que aquel era el "Mayo del 68 de los Desheredados"; que ahora, como treinta y ocho años atrás habían hecho los estudiantes, exigían un futuro mejor. El desencadenante de aquel estallido, que desde el extrarradio prendía los coches de las calles más céntricas de París, había sido la muerte accidental de dos adolescentes cuando huían de la policía. Así protestaban y reclamaban su sitio en la sociedad los "zidanes" pobres: levantando barricadas, quemando contenedores, saqueando tiendas y arrojándoles piedras a los policías.
   Al amanecer, cuando todo hubo acabado hasta la noche siguiente, nos sentamos agotados en una patisserie. Y mientras pedíamos café y croissants, nos miramos en ese silencio de camaradería que es preludio de una larga conversación. Ella había hecho tónica la última sílaba de mi nombre, y yo me reía cada vez que se dirigía a mí con un "Sergió". En esos momentos, me parecía más rusa que francesa. No sabes lo feliz que me hizo aquel desayuno... Reconozco que intenté ligar con ella, pero no tuve éxito. Me calificó de "caníbal emocional", algo genético según ella: un tipo que nace infiel y se profesionaliza a lo largo de su vida. En mi descargo he de confesar que no sabía que estaba felizmente emparejada con ese realizador palestino. De todas formas, me habría gustado ganarle el corazón.
   Durante aquellas tres semanas de guerrilla urbana, registradas en el otoño de 2005, volvimos a coincidir unas cuantas veces. Ella solía entrar en las barricadas por las mañanas, sola, dispuesta a perderse entre bloques y pandillas, y no regresaba hasta la noche; entonces, si el azar se aliaba conmigo y la cruzaba en mi camino, compartíamos un trozo de pizza o un showarma de cordero. La gente se refería a ella como "Alex" o "La Boulat", pero yo prefería llamarla Alexandra.
   Al despedirnos, nos dimos los números de teléfonos y las direcciones de correo, y nos intercambiamos los libros que acabábamos de leer: yo le entregué una ajada edición de bolsillo de "Viaje al fin de la noche", de Céline, y ella me dio "La insoportable levedad del ser" (¡qué paradójico y perverso puede llegar a ser el azar!).

   Dejo de escribir por un momento y me acerco a la estantería a buscar el libro. Lo sostengo en mis manos, algo temblorosas, y busco entre sus páginas una de las fotografías que me envió. Aquella en la que se ve a una familia afgana amortajando el cuerpo de un niño que acaba de morir en un campo de refugiados, y, con los ojos húmedos, vuelvo a leer el poema que escribí en su reverso.


VIEJA AMIGA*
¡Oh, vieja amiga, que vas y vienes
como una sombra, sin un ruido
ven, cansado estoy de ir huido,
posa tus labios sobre mis sienes!
Que el beso gélido que te pido
calme la fiebre que en mi sangre bulle;
el espejo refleja el temido
horror de la ruina que escarnece,
el viento solloza en la ventana,
las ramas del tilo golpean con fuerza
los cristales; el fin está cercano;
mis amigos han oído tu llamada
yo también confío
en ser sombra en tu reino lejano.


   Junto al libro hay una carpeta en la que guardo más fotos de ella y esos diez o doce emails que me traían noticias de su trabajo y de su vida. En ellos, escritos todos en un tono muy afable, mostraba siempre su interés por reflejar las consecuencias de la guerra y la auténtica realidad de la mujer en los países árabes. Quién mejor que ella para plasmar esas costumbres que, por cultura, son prácticamente inaccesibles para los hombres. Siempre se despedía con: "Un gran beso. Nos veremos". Desgraciadamente, nunca más la vi.


   En una de aquellas tardes parisinas me contó que el escritor André Malraux le dijo a su padre que "cada persona tiene dentro de sí un museo particular donde guarda todo lo que vivió y amó". Que cierto es... La echaré de menos.
   El próximo viernes 12 de octubre me acercaré a la iglesia y al cementerio de Jacque-ville. Es lo menos que puedo hacer por ella. Le llevaré unas flores y la despediré con un beso. Espero verte allí, para poder entregarte este abrazo. Gracias por aguantar el lamento de este corazón solitario.
   Un fuerte abrazo.
                                                    
                                                                       Sergio
                                                                                


   De nuevo me acerco a la estantería, donde remiro los lomos de las moleskines hasta dar con la que llevaba en París. Retiro el elástico que comprime sus páginas y rebusco entre ellas las líneas que anoté el día de nuestro primer encuentro:

"Sentí el flechazo desde el primer instante. Su constante sonrisa, su amabilidad, sus refinados modales, y ese carisma que le daba haber tenido tantas vivencias y que la hacía aún más atractiva. Desprendía aventura, algo por lo que todos estábamos allí".

   Ahora, después de tantos años de trabajo, comprendo que compartíamos una misma forma de vivir y de ver el mundo, y que ambos éramos cautivos de nuestra querencia por la libertad y la soledad, nuestros demonios interiores que nos hacían ir de un a lado a otro sin anclarnos a ningún punto. Los amigos nos tachaban de imprudentes e irresponsables o pensaban que teníamos más valor que nadie, pero nada de eso era cierto. Tan sólo desarrollábamos el único trabajo que nos permitía sentirnos vivos. Nos gustaba registrar la realidad desde dentro, sabiendo que con cada disparo de nuestras cámaras estábamos construyendo una toma de posición, y por eso aceptábamos y explorábamos los riesgos de nuestra profesión.


Relato obra de Pedro Delgado Fernández.
*Poema de Francisco Delgado Acosta.

La reportera gráfica Alexandra Boulat, cubrió conflictos en Yugoslavia, Indonesia, Afganistán, Irak, Israel y Palestina, y su trabajo apareció en revistas tan prestigiosas como París Match, Time, Newsweek, Stern y National Geographic. Ganó numerosos premios internacionales entre los que destaca el World Press, galardón conseguido, paradójicamente, con la cobertura del último desfile de Yves Saint Laurent. Debido a sus estudios de Bellas Artes, sus trabajos bordean la tenue línea que separa el fotoperiodismo del arte. En 2001 fundó con otros seis colegas la agencia de fotografía VII, y fueron conocidos en el mundo de la prensa como "los 7 Magníficos", pues eran los mejores fotoperiodistas del momento. Fueron su padre, Pierre Boulat -gran reportero de Life-, y su madre Annie -creadora de la agencia gráfica Cosmos-, quienes le contagiaron el virus de la fotografía.
En junio de 2007 sufrió una hemorragia cerebral, debido a una aneurisma, mientras trabajaba en la frontera de Gaza. La ambulancia palestina que la llevaba quedó retenida en la frontera hasta la llegada de otra ambulancia israelí que la condujo al hospital de Jerusalén. Allí, sometida a un coma inducido, fue operada, siendo trasladada después a París, su ciudad natal, donde falleció el 5 de octubre de ese mismo año a los 45 años de edad.

   

lunes, 8 de octubre de 2012

GOLUCHO POETA


Golucho. Olula del Río, 2012  (fotografia de Juan Sánchez Romero)

A razón de lo que uno encuentra en esa red de redes que es internet, Golucho (Miguel Ángel Mayo López) es bien conocido como pintor realista, menos como escultor (a pesar de tener una serie de piezas de metal realizadas con objetos encontrados al modo de Antonio Pérez y otras de hierro con claras referencias a Chillida y Oteiza) y prácticamente nada como poeta.
 El realismo de Golucho se aleja del realismo de una cámara fotográfica; en su obra hay drama y ternura, indagación y sueños, claroscuro, misterio... Frente a sus cuadros uno se detiene, observa y reflexiona... y brota la inspiración, el germen de un relato o de una poesía. Pero entonces, ¿por qué no encontramos nada sobre el Golucho poeta, sobre el artista que, en su página web, acompaña sus cuadros con versos propios?
 Esa misma pregunta la hice la semana pasada a mi suegro cuando hojeaba el libro "Golucho. Retrato inacabado" de Juan Manuel Martín Robles, quien recoge en el capítulo IV algunos de los versos, poemas, sentencias y aforismos del madrileño. De paso, y siendo mi suegro poeta y escritor y amante del arte en general, le pedí que plasmase por escrito lo que aquellos poemas le sugiriesen, con el fin de hacer con ello una entrada en el blog bajo el título de Golucho Poeta. He aquí su colaboración:


Desconocía al Golucho poeta hasta que la fortuna puso en mis manos el libro de Juan Manuel Martín Robles: "Golucho. Retrato inacabado". Leí el volumen con detenimiento y visualicé, con avidez, las reproducciones de sus cuadros y dibujos. Fue en el capítulo IV, Golucho: Versos, poemas, sentencias y aforismos cuando descubrí al Golucho poeta, en cuya faceta el artista deja los pinceles sin abandonar los colores:

De repente llega la tarde: violenta, azul violeta.
Me obliga, este gris que abriga; a besar el pardo blanco de una
foto vieja.

 Versos llenos de ternura, añoranza y romanticismo.

 Su poesía usa el verso blanco o suelto; libre de sujeción a la métrica y a la rima pero sobrado en imágenes, inspiración y sentimiento, y rico en hermosas metáforas.

***

Cada noche vienes a mí, conmigo.
Te bebo y te beso, te toco y te palpo.
Cada comisura. 
Cada esquina.
Cada escondite de tu cuerpo.
Cada noche contigo, voy al atajo de tu vientre.
Por cada rincón me hablo, y te callas.
Te huelo las manos, que arrugas, que manchas.
Luego
te vas como dormida entre las sombras.
Mullida y mojada,
                     indiferente a mi llegada.

 En este poema, como en muchos otros, la mujer es la gran protagonista y su autor canta al amor, un amor obsesivo, sensual, caníbal.

***


Sirvo de eco a una flor
inmóvil,
ángulo del recuerdo.

 He aquí un poemita que "evoca" la ligereza y belleza del haiku, expresando la efímera delicadeza de lo breve y hermoso.

***

Desde este pozo de carne,
ataúd prestado a la tierra,
sueño con tus labios frescos
          mi lengua entre tus piernas.
Larga noche tiritando estrellas.
Tengo las manos sedientas de carne joven,
           vieja,
                       como sea.

 En estas líneas poéticas diseminadas, nos muestra la relación que, a veces, se establece entre pintura y poesía vanguardista. De nuevo el amor fogoso; un verso atrevido que no nos deja indiferentes.

***

                         Un Napoleón de yeso en el pasillo

No estoy cansando de buscarte pues
                          nunca dejaste acercarme tanto.
Estoy enfermo de niñez dejada por
                          corredores de extraños dogmas.
Por donde nunca tuviste necesidad de pasear tu insomnio:
                          siempre dormías.
Siempre crecíamos en silencio para no molestarte.
Lamento que desde tu cuarto no vieras
                         el océano negro y frío de la eterna medianoche.
A veces me pregunto si toda esa tristeza extendida por mis ojos
                         no es otra cosa, que, la ausencia de volver
                         empequeñecido a tus rodillas.

 Estos versos dedicados al padre tienen cierto hermetismo, pero dejan entrever el deseo de la vuelta a la niñez; el regreso al padre.

***

                Nieva

Nieva,
          como si no cayera.
Me tocas tan en silencio,
           como si no fuera.
En silencio tan en disculpa,
           como si no estuvieras.

 La delicadeza de su poética se expresa en estas líneas escalonadas.


***

 Su poesía es culta; a veces, como en este poema, inventa una palabra: amapolarte.

Quisiera amapolarte la boca.
Cincelarla golpe a golpe con mi carne.
Y entre esos muros que amagas;
alocada alondra,
darte el alpiste.


***

No reproduzco Carne de piedra, por su extensión, en donde se nota su arte pictórico por medio de ricas metáforas que sugieren, que nos muestran idílicas escenas:

...Mientras, a lo lejos, se va temblando Casiopea.


*** 

 Sus aforismos y sentencias, personales y profundas, tienen la sabiduría de quien ha vivido mucho y ha estado atento a cuanto sucede en su mundo:

No existe la libertad ni para saber que no existe.

Está más cerca de la verdad quien todo lo ignora.

Cuando dudes confía en el absurdo. Rompe la gravedad de la mediocridad, mútate en ave y lánzate al abismo; verás y volarás.

La amistad es una suplantación del yo inconcluso.

El que no ve la belleza está condenado a destruirla.
La belleza no es lo que creen aquellos para los que no es algo vital.
El que no la ve, no la echa en falta y la confunde.
El que no ve la belleza está condenado a destruirla sin llegar a saber lo que es.
Pero ese, que sí la ve, está penado a sufrir.

***

 Como lector y aficionado a la poesía, invito a todo el mundo a leer los poemas de Golucho, sus aforismos y sentencias; no se los pierdan, saldrán ganando.


Francisco Delgado Acosta
Poeta y escritor malagueño.
Primer Premio Azabache del IV Certamen Literario de Relatos cortos de la Viñuela (Málaga, 1998).
Primer Premio de Relatos Cortos del XV Certamen de Cuentos de la Villa de Mijas (Málaga, 1999).