viernes, 14 de septiembre de 2012

LO QUE PUEDE ESCONDER UN PLATO DE ESPAGUETIS





Vik Muniz, en su Sao Paulo natal, debió de ser uno de esos críos que ve animales en las nubes y formas caprichosas en el moteado de algunas baldosas. Quizás su madre, su abuela o alguna de sus tías eran capaces de leer los pozos del café o, más propio del país, interpretar los búzios tirados sobre la arena de la playa para saber qué suerte les iba a deparar su orixá. Tal vez por ello, el Muniz adulto juega a mostrarnos la Medusa de Caravaggio en un plato de espaguetis o a reinterpretarnos la Gioconda de Leonardo con un poco de mermelada o de mantequilla de cacahuete. Vik Muniz, usando materiales tan poco convencionales como esos, se atreve a representar obras de arte clásicas y rostros de personajes conocidos y, como si de un juego se tratase, nos incita a descubrir esas imágenes: la Alice Liddell de Lewis Carroll hecha con juguetes, los monstruos de la Hammer pintados con caviar, las actrices Monica Vitti y Elizabeth Taylor realizadas a base de diamantes o el retrato del mismísimo Muniz hecho con restos de revistas que hablaban sobre él. Eso sí, lo que vemos son fotografías. Muniz elabora sus composiciones en su taller y luego las fotografía para poder llevarlas a las salas de exposiciones. Cualquier material es válido para este diseñador y publicista metido a pintor, escultor y fotógrafo que reside en Nueva York desde finales de los 80, así que antes de tirar nada piense en reciclar pues, como dice el brasileño, "el momento en que el material se transforma en la idea es sublime".


                                                                             

                                                                                                          

   Lo de Muniz, criado en un barrio pobre paulista y en una familia ajena al arte, es también una historia de superación y de azares: un crío que desde pequeño encuentra en el dibujo su tabla de salvación y al que le gusta hacer caricaturas de sus profesores, uno de esos profesores que, lejos de regañarle, lo presenta a un concurso de dibujo, y ese Muniz adolescente que va y lo gana y recibe una beca de premio y empieza a ver el arte como una posible salida. Y, más adelante, una bala perdida en un tiroteo que va a alojarse en su fémur, y el autor del disparo que se lo compensa con dinero, un pasaje a Nueva York donde Muniz trabajará en múltiples oficios, pero ya sin olvidar aquella salida del arte a la que dedica todo el tiempo libre que es capaz de robarle al día. Y así hasta que la serie de retratos Los niños de azúcar lo catapulten al MOMA, una serie de retratos de niños felices hechos con azúcar, sinónimo de la dulzura de la infancia, unos rostros de niños que contrastan con los de sus padres, tristes, explotados en la recolección de la caña de azúcar. Ese es Muniz, un tipo divertido y trasgresor, pero a la vez  un artista comprometido con la sociedad, que da un sentido oculto a cada una de sus obras.
   En definitiva, un divertimento de altura y un arte contemporáneo accesible a todos.

Vik Muniz (Sao Paulo, 1961)
Muestra de su obra (el autor no quiere calificarla de retrospectiva) en el CAC Málaga.
Del 4 de septiembre al 2 de diciembre.


No hay comentarios:

Publicar un comentario